Trece, mi número de la suerte

Trece.

Ese ha sido mi número de la suerte, desde siempre. Trece son las lunas llenas, los caballeros de la mesa redonda, los escalones de las pirámides egipcias, las lunas de Neptuno… Trece, un número mágico.

Después de 31 años de espera, por fin llegó el momento. Mientras trataba de que la masa de uvas que me abombaba los carrillos atravesara mi garganta con la ayuda de un sorbo de champán, me di cuenta de la importancia de aquel instante. El año 2013 había llegado, ¡mi año de la suerte!

El día 1 de Enero, mientras mi hija de apenas ocho meses dormía en su cunita, preparé la maleta. Una maleta con lo básico, pues no estaría más de 24 horas en el hospital. Al día siguiente, el 2 de Enero del 2013, debía pasar por quirófano para que el cirujano me colocara un reservorio con un catéter conectado directamente al corazón. Sí, las venas de mi brazo ya no soportaban ni un solo ciclo más de quimioterapia, y el reservorio era la única alternativa, pues todavía me quedaban por sufrir doce transfusiones de venenos salvavidas.

Entré en el 2013, mi año de la suerte, con un cáncer de mama a cuestas. Los tortuosos dolores de cabeza, las nauseas, las hemorragias, los temblores y la impotencia de no tener apenas energía para cuidar de mi bebé se habían convertido en mis inseparables compañeros de viaje. Pero había que seguir, cada vez quedaba menos para llegar al final.

Fueron pasando los meses, y a principios de Abril, cuando aún me estaba recuperando de los efectos devastadores de la última sesión de quimio, mi abuela falleció tras un agónico mes postrada en la cama a consecuencia de un ictus. Fue duro ver a mi abuelo desvalido, como a un niño al que arrancan de cuajo de los brazos de su madre, y no tener apenas fuerzas para darle un abrazo.

Lo laboral también aportó su granito de arena a este año mágico, y a la “burrocracia” (como acostumbraba a llamarla el gran Nacho Mirás, Q.E.P.D) impuesta por el Instituto Nacional de la Seguridad Social, se le sumaron la incapacidad física y el abotargamiento mental que añadieron ansiedad al proceso ante la incertidumbre de mi futuro profesional.

Pero el año 2013 aún tenía más que dar, y en Septiembre, el entorno familiar más cercano volvió a convulsionar al ver cómo un duro revés en lo personal arrastraba a uno de nuestros miembros al borde del abismo. A todos se nos partió el alma.

2013, mi año de la suerte…

La vida continuó su curso, los años han seguido pasando, y ahora, cada vez que miro hacia atrás, hacia mi año de la suerte, ¿sabéis lo que veo?

Veo que el 2013 fue el año en el que superé un cáncer de mama. Aprendí a disfrutar (y disfruté) de mi niña (que por cierto, nació un día 13 a las 13 horas) como nunca antes lo habría hecho si aquel parón impuesto no me hubiera obligado a detenerme, recapacitar y replantearme muchas cosas.

Veo que mi abuelo, desgraciadamente curtido por las penurias de la guerra civil y otras pérdidas traumáticas a lo largo de su vida, superó el duelo y ganó una vida junto a sus hijas, nietos y biznietos de la que no había podido disfrutar en los últimos tiempos.

Veo que la familia, ese pilar que todo lo soporta, es capaz de abrazarte en el interior de una piña tan compacta, que afrontar cualquier contratiempo se hace mucho más sencillo. Incluída aquella incertidumbre laboral que con el tiempo no ha quedado más que en una anécdota.

Veo que lo que no te mata te hace más fuerte, y que no fue más que cuestión de tiempo que una ironwoman sorteara aquel precipicio que parecía inevitable.

Y veo, que el parón profesional que me impuso la enfermedad me permitió entregarme a mi verdadera pasión, esa que llevaba años enjaulada por falta de tiempo, de dedicación, del ya lo haré el año que viene… Porque si algo he aprendido, es que no puedes esperar a mañana para intentar alcanzar tus sueños, porque mañana podría no llegar nunca.

Mi primera novela, El día de la luz, es uno de los muchos regalos que atesoraba para mí el año del 13. Mi número de la suerte. Desde siempre. Y para siempre.

Espero que os guste.